Alrededores \ Vicenza

En 1994 fue colocada en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
El esplendor de Vicenza se basa en la teatralidad de las obras de su célebre hijo adoptivo, Andrea Palladio. Hacen de bastidores escenográficos los colores sensuales de los Cerros Béricos

Decimos Vicenza y pensamos en Palladio, en sus caprichos arquitectónicos, en el nuevo lenguaje artístico renacimental, en la espectacularidad rebuscada.

En esta ciudad, situada a los pies de los Cerros Béricos, se establecieron los Venetos, y posteriormente se volvió un importante municipio romano bajo el nombre de Vicetia. Pero el período de máximo esplendor fue el de los más de tres siglos de dominio veneciano, en el que se enriqueció con valiosas obras arquitectónicas y se volvió uno de los mayores centros artísticos del Veneto y de Italia.

Es la ciudad palladiana por antonomasia, el escenario en el que se exhibió el ingenio del joven arquitecto paduano Andrea di Pietro de la Gondola, llamado el Palladio. El gran maestro, dotado de una sensibilidad muy moderna, inventó un estilo absolutamente personal y espectacular, en el que los antiguos elementos arquitectónicos clásicos se combinaban y se trasladaba al contexto privado. Utilizaba materiales modestos, hasta el punto que nació una "ciudad en blanco y negro, con los tonos de un aguafuerte", según escribía Guido Piovene.

En la céntrica Plaza de los Señores sobresale su construcción más célebre, el edificio símbolo de la ciudad: la Basílica Palladiana, una construcción medieval que el arquitecto reestructuró en el '500 realizando la doble construcción, el pórtico y la galería. Palladio colocó su firma también sobre otros edificios, tales como la Galería del Capitanio, el Palacio Barbaran da Porto, el Palacio Chiericati, sede del Museo Cívico, el Palacio Valmarana, la Galería Palladiana y el Teatro Olímpico, ejemplo de fijeza escenográfica, ideado por Palladio y realizado por Vincenzo Scamozzi.

Pero Vicenza es también el paisaje delicado y tenue de los Cerros Béricos. De ellos, el que queda a poca distancia del centro ciudadano hospeda en su cumbre la Basílica de Monte Bérico, en cuyo interior se conserva la Cena de S. Gregorio Magno, una de las principales obras de Paolo Veronese.

En las puertas de la ciudad surge la Villa Almerico Capra, conocida como La Rotonda, considerada la máxima obra de arte de Andrea Palladio, de la cual Goethe escribió que "nunca el arte arquitectónico había alcanzado un nivel tal de magnificencia".